82. PLANETITA TIERRA

Un sismo de 8,8 grados partió al medio a Chile, cincuenta veces peor que el de Haití. Muertos, ruinas y saqueos. Fue lo peor de la semana, no lo único. La tierra se vuelve peligrosa y amenazante. En parte por su naturaleza. El resto[1] surge de una infernal cadena de hechos, que son, del primero al último, hechos de discurso. Todo se mezcla. Sismos, tornados, inundaciones, temperaturas extremas. Dolor y desolación. Miedo y corrupción. Se viaja a lo loco, pero entre incertidumbres, con un ojo en las conmociones naturales, o sociales, o políticas que irrumpen por doquier en el diminuto, inflado, golpeado planetita tierra. Reina lo precario, lo provisorio, lo alterado, lo cambiante, lo trans.

Lo que parece imparable -las hectáreas de bosques talados son apenas un  detalle- es que cada hombrecito sueña con imponer su “non serviam“, grito del pintoresco Lucifer, mito del ángel más bello que dijo: “no serviré a ningún dios, ni ley, ni orden, ni padre, ni nada.”  Está entre los sueños de la época, pero en realidad es un sueño de prisioneros. 

 Y no hay duda de que la continua sensación de piso que se mueve, afecta  de dos maneras (en trazos muy generales). 1) A los que le temen la inestabilidad más que a la muerte, y se amarran donde pueden.  2) De distinta manera, a los que prefieren la cuerda floja antes que estar sujetos. ¿Datos locales, en un Buenos Aires atravesado por tensiones que no son tsunamis ni terremotos? Más violencia doméstica, más dependencias fatídicas, más crímenes  sexuales, más desorientación sexual, más solos y solas.

 Una estimación[2] dice: 9.000 travestis en Buenos Aires. ¿Son poquitos? ¿Son la cara visible del trans, del que transita hacia el otro sexo, que no se encuentra en el propio?  Infinitas son las soluciones sexuales, tantas como sujetos del inconsciente.[3] “Me visto como varón, y hago lo que hace un varón, pero no soy lesbiana.” “Nací genéticamente transgénero, siempre medicada.” “Mi esposa y mis hijos me apoyan; me trasvisto de noche y hago unipersonales.” “Le dedico este poema a mi mujer,” firma Violeta.  “Siento como mujer, no me gustan los hombres.” Largo etcétera.

En Occidente, el sexo tuvo firmes vallados; la Biblia, el Nuevo Testamento, el Corán. La vida eterna bien valía sacrificar el sexo. Separados los sexos según cuerpos y funciones, los señores de la guerra y los socios de Dios castigaban a quienes se pasaban del límite o les estropeaban los decorados. Para eso, mucha policía. ¿Acaso no se repite? Sólo que son otros  los rostros del poder, y otros los  beneficios y los maleficios del habitat  humano. 

En la antigua cultura griega el sexo corría entre leyes, mitos y dioses. Occidente tuvo siglos de monoteísmo, ritos, leyes, elevación, idealidad, verticalidad,  ”educadores” y mano de hierro. Eso se dio vuelta de cabeza. Los goces ignorados se vuelven más rabiosos y variados cuando llega la pubertad de los cuerpos. En el atolladero, el sexo salta las barreras. Los grupos queer imaginan la libertad: “No más diferencia sexual.”  Muerto el perro, se acabó la rabia.

Continuaré. Un cordial saludo y hasta el  próximo martes.

 


[1]  Sobre alteraciones climáticas anunciadas, Clarín Sociedad,  (1/03/2010), nota de la página 36.

[2]  Hablo de un rechazo efectivo. Puede llegar a la “re-asignación quirúrgica”. Los recambios hormonales entre los más pobres suelen alcanzar dimensión de tragedia, por el uso doméstico  e indebido de los medios de transformación. Ver nota de “El  placard”, Crítica de la Argentina, (01/03/2010),  p. 27.

[3] El inconsciente toma lo que necesita para gozar, en los discursos que corren por las calles.

Un comentario

  1. gonzalo Dice:

    Por lo menos Lucifer tenía bolas para plantarse!

    Aplicado al siglo XXI, la frase sería: “no serviré a ningún dios, ni ley, ni orden, ni padre, ni nada… porque estoy muy ocupado juntándome con mis amigos Emos a no hacer nada en la puerta del shopping!

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