Hoy les escribo con sol; ayer era Buenos Aires mojado, con las calles inundadas y esas napas húmedas e insidiosamente secretas que seguirán manando agua después, que de eso sé de mis tiempos de inundada en San Isidro. Me preguntaba ¿con qué tejer mis renglones semanales? Recordé mi nuevo libro; hablé de Platón y Aristóteles. Pero mi libro termina en el siglo XXI. Les cuento; cualquiera puede leer[1] sobre pos feminismos y grupos queer norteamericanos y europeos, “con inagotables deseos de liberación”. Para ellos, “la mujer no existe más que en la lengua; no en el deseo ni en la vida.” No parece algo cercano a nosotros, que tenemos récord de denuncias de mujeres golpeadas. No me parece tan ajena una cosa a la otra.
¿No es Lacan el que dijo que “La mujer no existe”? Bueno, no es tan simple. “La” mujer no existe como existe “el hombre”, identificado por un órgano sexual con una función sexual. ¿Y una mujer? No. Sus órganos son funcionales a la maternidad. Eso es vivido de diferente manera por cada una mujer, una por una, la ella, no “La mujer” porque no hay nada universal que defina su ser. Lo tiene que inventar. La gran variedad de feminismos y la loca cantidad de “teóricas” feministas intentando darle otra vuelta al asunto parece probarlo.
Antiguamente las feministas atacaban al horrible monstruo de la dominación masculina. Los hombres menos brutos empezaron a pedir perdón por existir, y apareció otro montón de problemas; ellos no sabían qué hacer fuera de sus esquemas reconocibles, y ellas no fueron más felices.
Surgieron los movimientos y pequeños grupos queer. [2] Gracias a su acción política, la mujer desaparecerá; ellos van a deconstruir la esencia de la mujer, el sujeto mujer de las luchas feministas de otro tiempo. Basta de “hombres y mujeres”. Es hora de reconocer que hay “una multitud de cuerpos”; transgéneros, hombres sin pene, bolleras lobo, ciborgs, femmes butchs, maricas,[3] largo etcétera. La verdad, son términos que no identifico con precisión; sólo empiezo a enterarme del asunto.
Dicen que se trata de una “conmoción epistemológica”, de una reapropiación de los saberes sobre el sexo y de una reconversión de las sexopolíticas,[4] con “un nuevo espíritu científico”. Hay que legitimar las sexualidades no normativas, construir un deseo y un erotismo queer.[5] No quiero pasar rápido; algo se juega ahí.
Afirman que la homosexualidad clásica ha estallado, desbordada por una multitud de “malos sujetos”; lo dicen con ironía; son “malos” para la gente que se acomoda a una normatividad y dividen la sexualidad en hombres-mujeres, o en homo y hetero sexuales. Los grupos queer consideran que los colectivos gay-lésbicos están atrasados, pues son cómplices del capitalismo, que explota muy bien los mercados tanto hetero como homo sexuales. ¿Solución? Drástica y problemática. ”No hay diferencia sexual sino multitud de diferencias.” No se habla de amor, sino de contrato, coaliciones y afinidades; de un yo colectivo para armar y desarmar. De juegos y juguetes sexuales, de cirugías y prótesis.
Continuaré.
Un cordial saludo y hasta el próximo martes.
[1] Tuve noticias de la Revista Multitudes Nº 12, París, 2003, en Internet, y sólo tiré del hilo.
[2] La palabra queer -algo torcido o desviado- en 1920 era un insulto a los homosexuales y lesbianas que lo tomaron para sí. Hacia los años 50 predominó gay, y nacieron los queer, “desviados” sexuales.
[3] Los queers son expertos en catálogos y descripciones de las “particularidades” sexuales.
[4] Los queer critican la sexopolítica de Foucault (1926-1982), por considerarla heteronormativa.
[5] López Penedo, Susana, El laberinto queer, Barcelona, Egales, 2008.

