Al menos puedo pensar que soy perseverante, pues los calores no han terminado de desencajarme del todo. Mi cabeza sigue imperturbable pese a las contradicciones locas del revuelto local. Me aburre. Prefiero mirar los afiches callejeros, como el de hoy, de una universidad privada: “Estudiar es futuro”. Pensé ¿Cuál? ¿Futuro perfecto? ¿Imperfecto del indicativo? ¿Qué clase de estúpida mentira? “¡Epa!, -me dije a mí misma- ¿Todavía no te acostumbraste?”. Les cuento el secreto de mi perseverancia; me pasé dos días leyendo con gran placer sobre Platón y Aristóteles. (Pero, ¡si ya escribiste sobre eso en Semblantes!) Les quiero contar un poco de lo nuevo; porque la mirada se agudiza y siempre aparece un pliegue más. Y para mí, un libro nuevo que estoy escribiendo.
Antes de seguir, y a causa de leer los comentarios de mi último post, tengo suma urgencia en decir que, hasta cuando hablo de Platón, hablo de política. Los discursos tienen consecuencias, explotan en las cabezas, y el escándalo es que lo uno por uno del sujeto va quedando hundido, y que reflotar pasa a ser un asunto de uno solo. En el ruido de las voces disonantes, ¡¿quién podría inquietar las conciencias?!
Platón escribió a lo largo de años muchos diálogos. Aristóteles, en cambio, era una de esas mentes en ebullición constante; enseñaba y escribía sin el menor interés en armar un sistema; lo que quedó de sus anotaciones es el testimonio abrumador de su curiosidad. No sólo filósofo, ni sólo lógico, ni sólo el teórico del placer en la Ética a Nicómaco; ¿ejemplos? escribió casi 200 Constituciones para las Ciudades Estado de esa Grecia que admiraba él, que venía de los Balcanes. Anotó miles de observaciones en el reino animal, se interesó en la copulación peces e insectos. Y mucho más.
¿Quiénes eran estos hombres? Platón nació ateniense (en 427 a.C.). A los 20 años vio pasar a Sócrates, el preguntador incisivo hasta que lograba hacer surgir una verdad. Platón fue por 6 años uno de sus discípulos. Un día, la oscuridad de una política corrupta condenó a Sócrates. La muerte de su maestro destrozó a Platón. (Les recomiendo su Apología de Sócrates. En Semblantes pueden leer los capítulos 4 y 5, y el apéndice sobre la Grecia antigua.) Pero mis invitaciones a leer tienen una vueltita más al final.
Platón abandona la turbulenta y odiosa Atenas. Viaja. Escribe. Casi lo matan en Sicilia. Su pasión política contiene la furia por la tragedia de Sócrates. Sobre eso, ¿qué pensar? ¿Dónde hallar “una métrica de la justa medida”? No en la realidad cambiante, donde lo único inteligible es el número. Platón apuesta por lo Bueno y lo Bello en sí. Compra un gimnasio con parque para la Academia, una organización en la que habrá salones, biblioteca, museo, y habitaciones para los muchos que llegan del Egeo oriental o del Mediterráneo.
Cuando llega a la Academia un Aristóteles de 17 años, hijo de un médico de la corte de Filipo de Macedonia, Platón está en el hueso de su filosofía. La Academia discute sobre la naturaleza y la significación del placer y el dolor. Veinte años después, muere el Maestro. Aristóteles deja Atenas, donde ahora un macedonio es mal visto. De nuevo la política se envisca. Él, que antes platonizaba, empieza a sacar consecuencias, se diferencia del maestro, pero las huellas de Platón no desaparecen. Aristóteles estaba lleno de curiosidad. Sentía el placer de pensar, de interrogar, de leer, de buscar. Digo: estudiar no es el futuro. Para algunos unos es el presente; una de las maneras de gozar de la vida.
Un cordial saludo y hasta el próximo martes.


Febrero 4th, 2010 at 10:24
Gracias Carmen! Tu entrega de esta semana particularmente me esclarece algunos ideas. Es muy entusiasta también.
Cariños: Laura Arias