75. CALAMIDAD

Si hubiera escrito “calamidades” se me agolparían mil cosas de  la vida cotidiana. En Argentina, la información circulante parece de chicle; cada parte involucrada hace su recorte, maquilla a su antojo, resta o infla. En el Vaticano, el Papa condenó la violencia de los italianos del sur con los inmigrantes africanos sin papeles. En Chile, Bachelet inaugura el Museo de la memoria de las calamidades pinochetistas. Pero dije “calamidad” para retomar un punto del libro sobre el aborto: “Calamidad es confiar en que el Derecho puede resolver las tragedias de la vida.”  Sí, creo que es una calamidad colgarlo todo en la percha del Derecho. “Seguridad,” “despenalización,” “castigo a los culpables”. Se puede escrachar, reclamar, quejarse, marchar, protestar. No está mal. Sólo que con eso no alcanza ni alcanzará jamás.

Es importante saber que lo oscuro, lo sin solución, lo imposible de eliminar, el nudo de vida, muerte y síntoma, confrontará  a cada uno en su hora de la verdad.

 La despenalización del aborto es necesaria. ¿Bajo qué condiciones? ¿Con qué estructura hospitalaria? ¿Con que acogida para la mujer angustiada  que no decide, que no sabe? ¿Con qué cobertura? ¿En qué país? ¿En el país de los remedios truchos, de los políticos truchos, de las maniobras truchas? Los abortos se hacen y  las mujeres que lo deciden descubren cómo. En un tugurio oscuro sin la protección del dinero y el status. O en tugurios más asépticos de tres estrellas, o impolutos de cinco, o recontra VIP.

Los católicos tienen que salvar “la vida” bajo cualquier circunstancia. Los moralistas  dicen que si  gozaron del  sexo ahora paguen su culpa. Los legalistas reducen todo el asunto a la autoridad de la Ley que absuelve o condena.

¿Y ellas, ellas que dicen? Cada una dice una cosa, la suya. El abortero o la abortadora VIP serán super discretos; les ahorrarán a las mujeres la  sala de espera popular donde se mezclan los rostros pálidos, la infinita vergüenza de verse ahí, el miedo de perder el único hijo que nunca más tendrán, la angustia de la que le preguntó al cura y oyó que ese pecado no tiene absolución (no la tiene para la Iglesia).También están esas chicas para quienes abortar no significa nada, y mastican chicle mientras esperan para librarse de una molestia, tal vez por 3º o 4º  o Nº vez.   

Que no despenalicen el aborto deja el asunto como siempre, librado a los medios de cada mujer. La despenalización del aborto es necesaria, pero puesta la grave falla de las instituciones del Estado, y si algunas cosas no cambian, sus efectos serán escasos. La resistencia de las religiones tradicionales (incluido el cristianismo posterior a la Reforma de Lutero),  a lo que juzga ser contra la “ley natural”, no deja de ser una  resistencia dura, pesada, e intimidatoria, al “mar de falsa ciencia” -(la ciencia vendida a los mercados),- cuya absoluta indiferencia por lo humano se disfraza de cualquier cosa.

Es bueno saber que no sólo resisten las religiones; también resisten el arte y la literatura, las ficciones, los relatos familiares, las costumbres, las acciones y los actos que  mantienen viva la memoria de lo que el hombre fue y es  capaz de destruir y degradar;  hubo hornos de gas y bombas de Hidrógeno; hay desaparición de personas, explotación, etc. Las graves fallas habituales, muy notorias en los países latinoamericanos (donde la  información mediática minimiza o agranda o deforma según manden sus amos), son como los agujeros en un tejido que a veces termina por deshacerse. Pero en estos países no  faltan  artesanos. Ficcionalizan, cantan, inventan, remiendan, hilan, trenzan,  reconstruyen.   

Continuaré. Un cordial saludo y hasta el próximo martes.

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