74. ABORTO

Estimados amigos, a mí el tema del aborto no me parece un asunto menor, y a ustedes seguramente tampoco. Llenarse la boca con la despenalización es fácil. Hace poco me encontré con la investigación  de Laura Klein, que leí con sumo interés, y de la que aprendí varias cosas. Hoy quiero simplemente pasarles la primera página y la siguiente,   pues me parece una posición ética, lo que quiere decir que no elude las raras  aristas del problema. Las oscuridades existenciales de las que habló el Cardenal no se pueden negar, son las que nos angustian. A menos que las tapemos con palabras. Es lo que sucede con el asunto del aborto. Por eso aprecio las posiciones que  no se suman al coro.  Escribe Laura: “Este libro[1], como defensa de la legalización del aborto, es una calamidad.”

“Este libro es una calamidad, porque  desactiva los argumentos para legalizar el aborto como derecho humano, y repudia -no desautoriza,- sus razones. Bajo la misma consigna se congregan distintas luchas, cuyos objetivos trascienden el objetivo del aborto legal. Pero confluir en una medida no significa compartir los mismos valores; demasiado sabemos que una cosa es coincidir en una reforma jurídica puntual y otra cosa comulgar con el espíritu de todos los aliados en esa coyuntura. Y no deberíamos confundirnos. Si, para ser operativos, me sumo a quienes dicen que el embrión es como un intruso o una mera célula, todo el sentido de mi lucha pierde en ese argumento.

“Entonces, en lugar de buscar acuerdos, encontrar y consolidar afinidades. Porque calamidad es creer que un acuerdo alcanza para determinar un “nosotros” sin saber que hay un nosotros o de qué constelación formamos parte. Calamidad es confiar en que el derecho puede resolver las tragedias de la vida. Calamidad es suponer que no debe haber dolor y que si lo hay alguien es culpable. Calamidad es pensar que vivir es siempre bueno y morir siempre malo o que sería mejor la vida sin la muerte.

Calamidad es sentir que el paso del tiempo es una maldición”.

 

(…) “En 1994, en un programa televisivo, un grupo de profesionales discutía encarnizadamente acerca del aborto. Unos opinaban que es un crimen porque los no nacidos son tan humanos como los nacidos y con igual derecho a la vida, de modo que no habría diferencia entre abortar y asesinar. Otros replicaban que no es la biología lo que otorga valor a la vida humana, y que abortar no es equiparable a matar una persona. El debate era áspero pero con fundamentos; los invitados mostraron un gran caudal de conocimientos científicos, datos de investigaciones sociológicas e interpretaciones políticas y étnicas.

“En un segundo plano, apartadas del centro de la escena, unas cuantas mujeres callaban y escuchaban. Eran las que venían a atestiguar de sus abortos. Ellas habían sido invitadas también para hablar, pero no para decir lo que pensaban sino para testimoniar lo que habían hecho. Subido ya el tono de la controversia, la animadora del programa se dirigió a estas mujeres y les preguntó que opinaban acerca de lo que se estaba discutiendo. Una de ellas respondió, mientras las demás asentían “No entiendo de qué están hablando”. No entiendo de qué están hablando: la frase refleja perplejidad más que incomprensión. Estas mujeres se negaban a reducir su experiencia a los términos con que los expertos pretendían explicarla. Para ellas, el conflicto no era definir al ser humano, sino decidir si tendrían o no un hijo.”   Ellas, cada una,  una por una.

Continuaré. Un cordial saludo y hasta el martes que viene.

 


[1] Klein, Laura, Fornicar y matar. El problema del aborto, Bs. As., Planeta, 2005.

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