Sí, leyeron bien. La palabra empieza a sonar, con sus sentidos y sus utilidades, políticas, económicas, sociales, culturales y deportivas. Por supuesto que se hablará de la Patria. Para mí, esa temporalidad se anota en un vasto lecho de siglos. El pueblo judío celebra su año 5770, París hace rato que cumplió 2000 años. Siglos después el Almirante Cristóbal Colón llegaría a playas de América, con los reales auspicios de Castilla y Aragón. En mi libro Querida María me permití hilar largo y fino sobre el tema. Pero hoy leí, detrás de la foto de un joven argentino, un título: “Las fuerzas armadas no son una burbuja”.[1] ¿Qué? ¿Hasta ahí llegará hoy la impronta argentina de mi blog? Pues sí. Para mí la cosa es significativa de muchas otras.
¿Por qué no decir resiliencia, una palabra que hace un tiempo se escuchaba por todas partes? Viene de la ingeniería, de la energía que se produce en ciertos materiales a causa de un impacto. Como metáfora poética no está mal. Pero está tomado en la psicología conductista para decir “tú puedes”, y pasa por el tratamiento del stress y de la ”autoestima”. Según dicen, es lo que conviene inculcarles a los niños, así se los prepara para que, “en la adversidad, aparezcan los recursos del individuo, esos que desconocía o con los que no contaba.” Fíjense lo que pasa en Haití. Claro, ahí no se habla de stress, sino de víctimas, de muertos, de comida, de pestes, de delincuentes, de la pata norteamericana “copando las instalaciones” desinstaladas y destrozadas de la estructura social, política y económica de un país que hoy multiplica por “n” su habitual descalabro. ¿Quiénes y cómo resistirán?
Si hubiera escrito “calamidades” se me agolparían mil cosas de la vida cotidiana. En Argentina, la información circulante parece de chicle; cada parte involucrada hace su recorte, maquilla a su antojo, resta o infla. En el Vaticano, el Papa condenó la violencia de los italianos del sur con los inmigrantes africanos sin papeles. En Chile, Bachelet inaugura el Museo de la memoria de las calamidades pinochetistas. Pero dije “calamidad” para retomar un punto del libro sobre el aborto: “Calamidad es confiar en que el Derecho puede resolver las tragedias de la vida.” Sí, creo que es una calamidad colgarlo todo en la percha del Derecho. “Seguridad,” “despenalización,” “castigo a los culpables”. Se puede escrachar, reclamar, quejarse, marchar, protestar. No está mal. Sólo que con eso no alcanza ni alcanzará jamás.
Estimados amigos, a mí el tema del aborto no me parece un asunto menor, y a ustedes seguramente tampoco. Llenarse la boca con la despenalización es fácil. Hace poco me encontré con la investigación de Laura Klein, que leí con sumo interés, y de la que aprendí varias cosas. Hoy quiero simplemente pasarles la primera página y la siguiente, pues me parece una posición ética, lo que quiere decir que no elude las raras aristas del problema. Las oscuridades existenciales de las que habló el Cardenal no se pueden negar, son las que nos angustian. A menos que las tapemos con palabras. Es lo que sucede con el asunto del aborto. Por eso aprecio las posiciones que no se suman al coro. Escribe Laura: “Este libro[1], como defensa de la legalización del aborto, es una calamidad.”

