May 26

“La única vacuna que necesitamos es la que nos libre de la insolidaridad, la estupidez y la mezquindad generalizada.”[1]

Está dicho -y bien dicho- el 25 de mayo, que no es, pese a todo, cualquier día.

Sucede que Juan, así se llama, ha estado en la cancha de Vélez, donde abundaron los barbijos. Se siente “asquerosamente justificado” para sospechar que los mensajes que nos tiran, calan muy hondo. Ya les conté de mi vecina que recorría farmacias juntando barbijos; al menos ya sé a quien pedirle en caso de necesidad.

(Bromas aparte, sería igual de estúpido ignorar el problema)

Al periodista se le ocurre lo de la vacuna, dado que “nada se puede esperar de los laboratorios y de las usinas de paranoia”.  O sea, los propaladores de catástrofes que hacen sus negocios.  Pero, pregunto: ¿por qué les resulta tan fácil?

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May 19

  Usted puede pensar que lo real es lo que huele, toca, saborea, le arde, le duele en el cuerpo. Se cayó. Le dieron un mazazo en la cabeza. Lo que busca no aparece. Algo le gustó mucho. El teléfono no suena. O suena. Sin duda eso es real. Se le presenta. Pero es más real  si aparece la  angustia donde no la quiere.

Le haré caso a Blas Pascal (siglo XVII) cuando dice que el  esprit de finesse, o la finura de la intuición, no alcanza si no somos un poco geómetras, es decir, si no vamos un poco más lejos, al corazón oculto de las cosas. Después de todo, eso hace el psicoanálisis.

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May 12

Supongo que no estoy sola en este sentimiento de extremo hartazgo.

Hoy, de los diarios de domingo, nada me retiene. Más de lo mismo, lo mismo, lo mismo. Se pelean, se juntan, se separan, se odian, se aman; protagonizan la vida nacional.

De esa masa de papel entintado, rellenado para cumplir con las obligaciones de la tirada diaria, emergió una nota: “Universidad de puertas abiertas”.[1]Bueno, me dije, a ver. “Había una vez un lugar llamado Venado Tuerto, unos muchachos que se hicieron cargo de una antigua biblioteca fundada por obreros…”,[2] e hicieron reverdecer “un ideal de formación libre”.

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May 5

Esta mañana tuve unas impresiones de lectura  de lo más instructivas.  

Mi  abordaje a los diarios del domingo empezó por un artículo[1] plano y estúpido, sin reverso, sin un solo pliegue, sobre “historias de monjas que dejaron los hábitos”.  ¿Eso les gusta, opiniones ramplonas, “historias” de gentes que pasaron por un convento, y se fueron con una novela de eso, tan simple como la novela familiar[2] que cada uno de nosotros lleva por la vida? Una versión fija, ingenua, sobre hechos, desgracias, culpas propias y ajenas, afectos y efectos.  Mientras el síntoma no ataque, sirve lo más bien.

Pero lo más interesante me sucedió cuando unas páginas más adelante me encontré con una entrevista imperdible, a  Jake Arnott, escritor inglés desconocido para mí.

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