Marzo de 2004. Juan Castro se cae de un primer piso; sobrevive tres días. A los 33 años era un viejo cocainómano. Se juzga a sus médicos por “abandono de persona seguido de muerte”, no sospechable de suicidio. ¿Acaso los médicos no sabían que en estos casos a una toma puede seguir un cuadro de agitación con alucinaciones? Luego, ¿por qué no lo encerraron para proteger su vida? Resumo así el problema. No hablaré del caso, del que nada sé, sino del documento de APSA[1] recibido,[2] firmado por su presidente, el Prof. Dr. Juan Carlos Stagnaro; tiene todo el valor de una toma de posición fundada en lógica.
Debemos reconocer que la democracia, si no existe la responsabilidad ciudadana, -funcionarios o no,- es un temible medio de propagación de la corrupción pública. De lo más alto a los más bajo de la escala social. El riesgo de corrupción existe en toda democracia; pero con grados diferentes de gravedad y expansión.
Me inquieta en Latinoamérica; pero en la Argentina me sobresalta cada día.
¿Podría decir algo de Latinoamérica? Podría intentar leer en lo que se escribe. Hasta hoy necesité pensar en la Argentina; todo me parece urgente. Es cierto que los medios, según el caso, o denuncian, o investigan, o muestran, la corrupción. Da lo mismo. Suena monocorde. No pasa nada. Las vedettes de la política se arreglan entre sí. En los cuartos y quintos planos del poder y de la gestión y de la vida, hay mucha gente capaz que trabaja un montón. Por todas partes hay gente valiosa. No lucen. Pero están. Los aprecio. Leer todo »
Hoy necesito de eso que llaman un relax. Malas nunca faltan; tarifazos, sequía, y las demás. ¿Por qué no espigar buenas en mis diarios del domingo, en esas notas que ayudan a pensar? Que existan, sería la primera buena que me sale al paso. Así me sustraigo a la “crispación argenta” [1] que ve todo tremebundo: “un asesinato es una masacre, un accidente una tragedia, una medida del gobierno el fin de la nación o, si acaso, del mundo, -a veces, por suerte, el universo parece estar a salvo”.
La declamada palabra democracia, a fuerza de repetirse queda vacía. En realidad hubo y hay democracias diferentes, pero siempre afectadas por tensiones internas, contradicciones, trampas, riesgos. Por eso el concepto de democracia fue tantas veces estudiado, modificado, cuestionado, en todas las épocas.
Hoy leí la extensa entrevista[1] a un anarquista, Juan Carlos Di Giovanni, ojos rasgados, barba candado, “rara mezcla de Lenin y Lao Tse”. Este hombre, delegado de propaganda del Partido Anarquista -sin cargos, sin listas, sin sede y hoy con 40 militantes,- es “respetado más allá de toda frontera política”, reflejo de su idea de la amistad “y de su aceptación total del otro sin preconceptos”. Nació en Tierra del Fuego, en tierras fiscales, en una comunidad de 250 anarquistas llamada “Ovejera del Sur”.
“Habiendo Estado en el medio, -dice,- no creo que pueda existir democracia”.

