Empiezo por decir que no me gustan mucho los augurios, menos los malos. Prefiero un “ojalá” por lo que tiene de invocante, “ojalá tengamos un buen año”.
Tenía que ser un músico[1] -notable bandoneonista argentino- quien, sereno, (”ni escéptico ni ingenuo,”) practique la visión panorámica del mundo y sus terrícolas. Cada uno, dice Rodolfo Mederos, es a la vez Jeckill y Hyde. Cada uno de nosotros lleva en sí lo mejor y lo peor. Lo dicho bastaría para saber que tenemos que contar con lo impredecible y lo indeseado, lo cual deja a los augurios tan flacos como el talento del burro flautista.

