Con las perlas que envié hace un par de semanas,[1] cité a mi colega Gustavo Dessal. Ya no estamos frente a su majestad el niño, como en tiempos de Freud; en primer lugar, habría que ¡educar! al soberano; además, hoy las majestades no impresionan a nadie.
Así que el hijo de familia-más-o-menos-disfuncional, si es librado a su capricho, termina loquito, o tirano, objeto extraño al que los padres-niños le tienen miedo.
¿Pesimismo? No. Recuerden a las madres “todo amor” que cité, cuya más íntima satisfacción parece la de imaginarse serlo todo para unos hijos de sola madre, poderosa vencedora del hombre-niño-abollado-en-algún-rincón; o de un padre-espermatozoide, como en la feliz ocurrencia de una pareja de mujeres; “tú pones el óvulo, yo el vientre”.

