Oct 28

Con las perlas que envié hace un par de semanas,[1] cité a mi colega Gustavo Dessal. Ya no estamos frente a su majestad el niño, como en tiempos de Freud; en primer lugar, habría que ¡educar! al soberano; además, hoy las majestades no impresionan a nadie.

 Así que el hijo de familia-más-o-menos-disfuncional, si es librado a su capricho, termina loquito, o tirano, objeto extraño al que los padres-niños le tienen miedo.

 ¿Pesimismo? No. Recuerden a las madres “todo amor” que cité, cuya más íntima satisfacción parece la de imaginarse serlo todo para unos hijos de sola madre, poderosa  vencedora del hombre-niño-abollado-en-algún-rincón; o de un padre-espermatozoide, como en la feliz ocurrencia de una  pareja de mujeres; “tú pones el óvulo, yo el vientre”.

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Oct 21

De la última hazaña del neoliberalismo dejaré hablar a los que saben; pero sin duda, y sin ser  financistas, a más plata, más confort, y más miedo a perderlo. Bienes, drogas, novedades. (Sería más difícil adquirir un poco de calma, de silencio, o de espacio)

Una vez Lacan escribió L’OM, que en francés suena: “el hombre”. Lo hizo para  bajar al magnífico hombre genérico de su grandeza universal y antigua. L’OM tiene un cuerpo, lugar del goce, y  hoy los imperativos de la época  ordenan gozar de los cuerpos y de las cosas sin antiguallas como pudor, culpa, o vergüenza. Casi era preferible tener un alma en el cuerpo, frente a este uso de los cuerpos como si fueran un conjunto de órganos comandados por unas neuronas responsables del sexo, del amor, de las emociones.

Vamos en el tren de la ciencia, que no simpatiza con nada que no sea observable para sus herramientas.  Es la mortal ceguera de los ojos creando su escena del mundo.

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Oct 14

HOY VOY A DEJAR CAER UNAS PERLAS HALLADAS EN ESTOS DÍAS.

CON MUCHO GUSTO LES DEJO LOS COMENTARIOS. 

Un cordial saludo y hasta el próximo martes.

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Oct 7

Los psicoanalistas lacanianos solemos disponer de la palabra goce.  

Me gustaría decir algo sobre eso que a uno le pasa por el cuerpo. Hay un buen gozar de las buenas cosas. Ojalá dure. Porque hay el mal-gozar. Goces mortíferos, secretos o visibles, que llevan a destruir, acumular, humillar, matar, explotar al otro, etc.; o goces mortales, que llevan la destrucción contra sí mismo. 

Se goza desde que el  lenguaje se encarna en el cuerpo y lo anima. (Vulgarmente se dice que lo que a uno le pasa -también lo que hace- depende de “lo que tiene en la cabeza”.  Es algo así)  Se goza con un cuerpo sintiente que acusa las resonancias de lo que primero entró por la oreja, como el veneno vertido en  la oreja de un Rey dormido.[1] 

Es la tragedia del ser hablante;  estar animado por el tejido vivo de las voces y los hechos de los que no pudo escapar porque, para su bien o para su mal, dejaron su huella en  el  cuerpo. Voces y hechos, olvidados o no,  dejaron su marcas en los modos de gozar.

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