En el último post mencioné un artículo: “Amores travestis”.[1] Lo cierto es que me hizo sonreír varias veces la sencillez de las jóvenes-travestis-no-operadas para mandar al frente, por así decirlo, a sus clientes supuestamente heterosexuales.
¿Cómo es la cosa? ¿Dónde quedó la línea que separaba homo y heterosexuales?
El pensamiento precientífico de Occidente puso al hombre muy alto en la escala de los seres; parecía el resumen de las perfecciones del universo. Hasta que el hereje Lutero, acosado en su cuerpo por humillantes obsesiones, atacó la corrupción de la Iglesia y la partió al medio. Unos siglos después, en tiempos del discurso de la ciencia, llegó Freud, y Lacan le dio otra vuelta de tuerca al inconsciente de Freud. Lo cual le abrió la vía a su propia herejía; así suenan en francés (RSI) las letras de su nudo borromeo[2]. El nudo agujereaba la densidad de las palabras, y el psicoanálisis alcanzaba los repliegues del goce del ser sexuado, se sitúe del lado hombre o del lado mujer, según su síntoma.[3]
Esos repliegues nos impiden ser tajantes en las divisorias, salvo prejuicios.

