¿Qué pasa que hay tanto empeño en disfrutar y mostrar a los niños, mientras se los llena de diferentes maneras como barriles sin fondo?
Los niños tratados como “objeto erótico” (para satisfacción de los padres), no es raro que se muestren maltratadores, insolentes, desafiantes. O todo lo contrario.
¿Qué límites pueden poner los padres, si no se limitan a sí mismos en lo que hacen, dicen, dan y quitan sin pensar y sin calcular las consecuencias?
Es verdad que en la ciudad somos parte de las oleadas humanas empujadas por apremios e intrusiones de todo tipo, las cabezas metidas en el constante zumbido de los miedos, objetivos a cumplir, vencimientos, y apetitos (hay que “disfrutar”; el ojo se traga lo que le dan) ¿En qué momento habrá tiempo para el niño? Es fácil olvidarse de la sexualidad infantil,[1] hacer como si no existiera, ignorar que, mientras el niño crece metido en el mar del lenguaje, es afectado por experiencias y angustias que no sabe nombrar.
Si algo de eso no se intuye, si no hay algún atisbo, la presencia del adulto se banaliza y se agota en exigencias demasiado ajenas a la particularidad del niño. Sigo oyendo la vaga queja de la impotencia desorientada: el chico “se porta mal”.

