Anochece rápido. Tiempo para leer Le canard enchaîné.[1] Este año no tendremos navidad blanca, salvo a 800 m., en la montaña, a donde iré dentro de unos días. En la casa, las mujeres arman el árbol y el pesebre. O puede ser un retablo como el de tía Alice, en su cocina, apenas un niñito Jesús y algunos lutins, (enanitos, o gnomos o duendes de los bosques). En Le canard enchaîné sale un dibujo: el arbolito de navidad época Sarkozy: Es un escobillón -el palo plantado en un balde,- con una guirnalda de navidad. El malicioso periódico, satírico, picante, divertido, crítico y ácido, inclinado a la izquierda, sin publicidad ni bandera de partido, hace periodismo de investigación en base a historietas, notas críticas y caricaturas, y salta cada vez que salta un escándalo.
Escribo unas notitas aquí, invierno, 700 km. al sur de París. Pienso en mi blog. ¿Cómo contar? Uno. Avisar: son notas insuficientes de unas cortas vacaciones de navidad. Dos. Cambiar los nombres de mis amigos. Tres. Mantener abiertas mis líneas habituales de lectura. Dicho esto, empezaré de manera más bien pascaliana:[1] “¿Quién no sabe que la vista de un gato o un ratón basta para sacar de quicio a la razón?”[2] Justo. En el sur de Francia parecen reinar a los gatos. La razón de una mujer inteligente puede enloquecer ante un ratón, y la de otros puede saltar de amor a sus animales, y acá se quiere a los gatos, -limpios, silenciosos, grandes, muchos, lindos,- expertos cazadores ahí afuera, en la campiña, o más haraganes, más apegados al fuego de la estufa.
Fue antes de mi viaje, del que les contaré en futuras “viajerías”. Cuando se encendieron las luces del cine ya estaba fastidiada mal. Lo primero que pensé fue que solo la fama volvía a Almodóvar tan impune como para producir semejante engendro. Después reconocí que hasta él más pintado puede cometer bobadas. No se salva nadie. Nadie desconoce, por supuesto, los experimentos genéticos de los científicos nazis y sus conejos de indias humanos en los campos de concentración. Sabemos que hubo y habrá intentos en cuerpos sometidos, voluntariamente o no, a todo tipo de experimentos. El tema de los cobayos humanos no es nuevo; tampoco es noticia fresca que el destino de la especie humana hoy está expuesto a inéditas e incalculables mutaciones.
Una nueva técnica de diagnóstico neurológico anuncia el riesgo de fracaso escolar desde los primeros días de vida. Investigadores del hospital Clínic, de Barcelona, dicen que la técnica, aún experimental, capta la red de neuronas con resonancia magnética y detecta en bebés aparentemente normales, un riesgo alto de futuro fracaso escolar. Una vez identificados, tendrán estimulación precoz en los dos primeros años de vida, -ya que el cerebro es aún maleable,- para corregir las deficiencias del desarrollo prenatal. “Es un problema de gran magnitud que afecta a un 6% de la población”, explicó ayer Eduard Gratacós, jefe del servicio de medicina materno-fetal y director de la investigación, en el marco de un proyecto financiado por la Obra Social de La Caixa.
Traigo aquí una breve nueva vieja noticia del mes pasado: la gran Feria del libro de Guadalajara, en la que fue premiado Fernando Vallejo, el autor, más cínico que irónico, de La virgen de los sicarios. En su discurso mencionó a Argentina, y no sólo por su cultura de la lengua española y por ser un lugar del mundo donde mucho se lee. También habló de la gran ciudad, de Buenos Aires derrumbada, surcada -como en el resto de las ciudades de Latinoamérica,- por los cartoneros, un fenómeno -dijo,- que muy pronto veremos aparecer en Europa. El sombrío anuncio de Vallejo no es banal. ¿Quién sabe que saldrá de la fractura estrepitosa del neocapitalismo?
Navidad, por primera vez, estoy lejos de mi ciudad. Deseé hacerles un regalo sin moño, pero regalo al fin. Fue difícil porque deseaba traerles un poema contemporáneo, uno de los poemas que escriben los poetas de hoy. Y estos poemas están llenos de instantes y situaciones de la vida cotidiana. Fueran poetas norteamericanos, brasileros, argentinos, algunos de los que leí, hacen transitar a los niños, los albañiles, el corral, la cebolla dorada en tu sartén, la policía y las prostitutas, los barrios y las casas, “coches, ómnibus, baches y deyecciones en la calzada”, la vieja que pasa las cuentas del rosario en el micro nocturno lejos de la ciudad. Poesía ciudadana que “le toma la temperatura a la época”, sus delirios, su lengua, sus fiebres y sus dolores de estómago.
Esta vez le doy la palabra a un joven poeta, Osvaldo Bossi,[1] nacido en Ciudadela (provincia de Buenos Aires), en 1963.
Me gustó una notita al margen de Clarín al otro día de la asunción presidencial. “Más pobre no pudo ser el debut parlamentario”. Los nuevos diputados K y los jóvenes K gritaron sin parar contra los legisladores opositores. “¿Es así la nueva política?”. Buena pregunta y pésima sensación. La misma mañana leí la noticia, increíble pero real. ¿Se acuerdan de la pareja del violador redimido por el matrimonio? Pues el joven marido la mató. Como lo oyen. Y no quiero imaginar la desesperación del, o de los jueces benévolos que supusieron beneficiarlos. Recuerdo a la periodista televisiva que, cuando supo del veredicto, dijo pálida y con voz trémula: “esto no se termina aquí.” Acertó.
Hace tiempo que pongo un ojo en un diario, y el otro ojo en otro, enemigo del anterior. Uno no se puede dormir ni un minuto, dado el flagrante sistema cruzado de omisiones, alusiones, o distorsiones que ninguno deja de practicar. En materia de información televisiva, el zapping cumple el mismo cometido. Pescar algo de lo que pasa en un medio donde todos fabulan. Así estamos. Por ejemplo, en estos días, cuando los cadáveres se amontonan y los asesinos parecen a la orden del día, los medios se echan sobre ese banquete de sangre, sospechas, e intrigas. Insisten en los detalles macabros y en las entrevistas truculentas a los actores de la escena del crimen. La información (nacional o internacional) no es menos reiterativa ni más precisa. Dicho lo cual, me refiero al tratamiento periodístico del nuevo Instituto Nacional de Revisionismo Histórico.
Edgar Allan Poe llevó a la literatura el viejo truco de esconder sin esconder. Que algo se oculte en lo más obvio. ¿Acaso no dejamos de ver lo que vemos todos los días? Estamos más tiempo dormidos que despiertos. “Un hombre astuto, ¿dónde esconderá mejor una hoja sino en un bosque? Y si no hubiera un bosque, dice el astuto Padre Brown,[1] plantaría uno.” La Presidenta propone la innovación de las costumbres, el fin de las cien maneras de hacer trampa de los argentinos en todos los sectores. Dijo: sintonía fina. Sin embargo tengo la impresión de que la AFIP, metida en el bosque de los pecadillos como evadir impuestos, o guardarse unos dólares, fuera garante de la moralidad pública, fresco bosque donde se ocultan hojas, bosque que oculta bosques donde se ocultan otras hojas.
La noticia parece inquietar. Creación del “Instituto de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano” [1]. No es poco nombre. ¿De qué se trata? ¿De la reivindicación histórica de una lista de nombres, de San Martín a Perón, pasando por Rosas y por Facundo?, ¿O se trata de marcar las diferencias peronistas, enfrentadas a la Academia Nacional de Historia creada por Bartolomé Mitre? Se vislumbra el propósito de promover a Néstor Kirchner al lugar de héroe nacional, junto a Eva y al General. Muchos se inquietan. ¿Qué es lo tan inquietante?[2] Esto me lleva a la situación en Siria, Libia, Egipto. A las revueltas estudiantiles en Chile. A una crónica sobre los líderes hoy inexistentes.


