La orquesta Best-Eastern Divan,[1] formada por jóvenes palestinos, israelíes y españoles, fue idea del director argentino-israelí Daniel Barenboim, y de Edward Said, nacido en Jerusalén, criado en El Cairo, profesor de literatura comparada en USA, cuyo libro Orientalismo revolucionó, en 1978, a los orientalistas europeos. Antes de su muerte en 2003 escribió, “Me percibo a mí mismo como un cúmulo de flujos y corrientes”. Lo prefiere a una identidad sólida. Esos flujos y corrientes, quizás “desplazados y fuera de lugar” le parecen una forma de libertad, aunque “no está del todo seguro de que sea así”. Pienso, sí, es una forma de libertad, porque tal vez hoy no exista otra libertad que la de orientarse en el cúmulo de los flujos y corrientes que nos hace hijos de la época.
La otra vez hablé de “la distancia entre los tiempos de Las venas abiertas de América latina,[1] y los que corren.” Dije que Latinoamérica enfrenta problemas, alianzas y peligros nuevos. ¿Hasta qué punto son nuevos? ¿Qué cambió desde 1971, cuando la guerrilla iba a remediar la postración latinoamericana, lista para repetir la hazaña del pueblo cubano? Cambiaron muchas cosas. Digo, la sangre derramada no fue del todo en vano. Cada país latinoamericano fue mostrando un rostro, su diferencia asombrosa de los otros nacidos de la misma Conquista.[2] Hoy, sus respectivas respuestas o complicidades al neocapitalismo global determinan las redistribuciones del poder en el mapa político. Las diferencias entre nuestros países permiten algo como UNASUR, y a la vez desaconsejan las comparaciones demasiado obvias. Sobre todo en estos tiempos revueltos.[3]
Hoy me saltaron dos perlas en el mismo matutino. Una,[1] la evocación de Crisis, revista de cultura aparecida en 1972, rioplatense y latinoamericana en un país fuertemente nacionalista y europeísta. La otra,[2] una entrevista a la investigadora holandesa Saskia Sassen. Entre ambas se podía captar la distancia entre los tiempos de Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, -a su vez director de Crisis hasta que les cayó encima la dictadura militar,- y los tiempos que corren; Latinoamérica enfrenta problemas, alianzas y peligros nuevos. En el mundo “hay desesperación por comprar tierra, tierra, tierra (especialmente en Argentina, Asia y África). No saben para qué la van a utilizar, pero sí que la van a necesitar.” Tierras, o acuíferos, o glaciares en función de “producción sustentable”, o sea, de negocios muy rentables para muy pocos.
Les cuento, hoy en mi cabeza se cruzan dos corrientes de contramano, lo cual no deja de ser peligroso. Por un lado, leo cierta ochentosa declaración de independencia del ciberespacio, lanzada un día al mundo con inocente ímpetu. Había sido creada la Red, todos podían lanzarse al nuevo paradigma libertario. “Nos habíamos ido, ya nadie podría alcanzarnos”. Por otro, leo el discurso libertario del inefable señor Biolcatti en la Sociedad Rural, el reconocible paradigma libertario argentino agrícola-ganadero. Que el Estado deje en paz a la iniciativa privada, guarde el secreto de las cifras que ganan, de los impuestos que evaden, de la plata que sacan a destajo del país, y de las vergonzosas libertades que se toman con sus miles de trabajadores en negro. Pero yo pregunto, ¿y por casa cómo andamos?
No es lo mismo empresario, o millonario, a secas. Empresario es un señor que superó la pymes, y defiende rabiosamente su status. El millonario por herencia suele gozar de los beneficios, y tal vez en un par de generaciones se pinche el globo familiar. Empresario millonario es tremenda potencia de apropiación, olfato para los negocios, gran estilo de vida. Sabe bien que la gente que pisa su zona de influencia, con mucho o poco poder, se harán pí pí por una mirada suya, una invitación, un pedacito de esa gloria, no importa qué favores se le pedirán a cambio. Saben que el río Chubut podría llamarse río Benetton. Al menos en los 15 km. alambrados y con cartelito de propiedad privada. La familia dueña de esas tierras no iba a dejar mocho su paraíso por cuestión de un río, en un país donde falta una ley federal que limite los descomunales avances de estos ricos.
Desde el viernes pasado, 16 de julio, mis lectores buscaron en vano el post nº 102: LA NUEVA LEY. Justo ese, que coincidía con la promulgación de la esperada Ley del matri-monio igualitario, como se la llamó. Ya podrán leerlo, pero no quiero dejar de decirles hoy, el viernes siguiente, que cuando en lugar del post les aparezcan en la pantalla cosas raras, fotos o un pedido de contraseña, bajen los brazos y se dispongan a esperar el retorno del blog. Estoy segura de que han experimentado esas traiciones, a las que nos expusimos a partir del día en el que nos lanzamos al ciberespacio y empezamos a disfrutar de los beneficios, sin pensar en los maleficios de una dependencia sin remedio. Apretamos las teclas, funcionan. De pronto nada responde; un Alien sin nombre ni rostro nos planta en la cara su poder oscuro, hasta que aparecen los culpables: disco rígido, caída del sistema, fallas del servidor, bloqueo de no sé qué. Siempre demasiado tarde.
Un cordial saludo y hasta el próximo viernes.
Afuera, en la calle, hubo cantos y redoblantes, insultos y huevazos. Adentro, en el recinto, hubo discursos necios y buenas argumentaciones. Finalmente el viejo matri monium perdió su impronta heterosexual y patrilineal de siglos y su lazo con la Iglesia, que seguirá tolerando casamientos solubles, en iglesias de chocolate. Lo cierto es que el matrimonio civil abrió sus alas y se extendió a las personas del mismo sexo que se aman y quieren formar una familia con plenitud de derechos. Tampoco faltarán libretas rojas de chocolate que se coman rápido y duren poco, pero errare humanum est, y hace rato que la ley de divorcio admite que los que se mal-juntaron, se separen, antes que seguir soportando formas degradadas de relación entre los sexos, antes hetero, ahora iguales o diferentes. De modo que las parejas homosexuales ya podrán adoptar niños.
Hoy, patrio 9 de julio, estuve por titular: INSOLENCIA. Si, claro, la mía, después de estudiar un poco en el ruidoso asunto del matrimonio gay. Empecé por un diccionario latino y dos etimológicos, y ya desde ahí me aparecieron ciertas ideas insolentes. Antes de contarles sobre estas, y después de leer varias cositas, pensé que no por capricho (aún si eso no se descarta) varios del Senado se niegan a precipitar la Ley del Matrimonio igualitario, cuya media sanción recibió de Diputados. Se trata de un análisis difícil. Les cuento que, si al término que nos ocupa se le agrega la palabra: “igualitario”, estalla una machaza “contradicción en los términos”. Ni más ni menos. Veámoslo.
El 100, es otro número tontamente cautivante, pero al menos invita a celebrar. Les conté que celebré feliz el Día de la Bandera en pueblo con laguna. Ese día, apenas iniciado el discurso del intendente, uno de los “Colorados del monte” se desplomó; el muchacho y su lanza cayeron a plomo. Pensé: “le dieron mate con galletas a las cuatro de la mañana y el pobre no resistió.” Pequeño tumulto con ambulancia. Después, el intendente se volvió a agarrar al papelito para leer su discurso. ¿Creen que dijo “el muchacho está bien”, o no, o “cuánto lo siento”, o algo? Nada. Me acordé de eso esta mañana, no por casualidad, cuando leí el debut de la Metropolitana en Liniers,[1] y otras cositas que me dejaron muy pensativa.
Empiezo por recomendarles el comentario de Tito en el post anterior. Acuerdo con él. Ahora paso a contarles otra cosa, y nada de sonrisas suspicaces cuando mencione ”Aurora”, que le canta a “la bandera de la patria mía”, y que yo iba a escuchar esa mañana. En efecto, andaba bordeando la laguna, contenta, antes de meterme por las calles del pueblo donde los pájaros cantaban con ganas, cuando por unos altavoces oigo la marcha de San Lorenzo. Claro, era el Día la Bandera. Llegaba justo; feliz, me instalé en la Plaza. Oí hablar de la Patria y del General Manuel Belgrano. El cuerdo relato de una docente (de las buenas), sobre lo que un joven acomodado, Manuel Belgrano, había hecho por su patria antes y después de 1810, me recordó a San Pablo, a quien una creencia había arrancado del confort de fariseo[1] acomodado. Esa mañana me pregunté: ¿qué significa “patria”?

